Sombras Grises

El corazón me golpeaba fuertemente contra el pecho, gotas de sudor resbalaban por mi frente.Me senté abatido contra la gruesa e impenetrable puerta de roble. Les había conseguido dar esquinazo y meterme en la Iglesia del pueblo. Era imponente el vacío y la tenue luz que entraba por los ventanales gracias a la luna, que brillaba llena aquella noche.

Las leyendas se habían hecho realidad. Siempre se había hablado de las sombras grises; damas vestidas de negro realmente bellas, pero tan mortales como el peor de los psicópatas. Se contaba que cada cien años en una noche de luna llena volvían aquí a llevarse las almas para su propia satisfacción: eran sedientas cazadoras de alma y sangre.

La gente no solía creer a los más ancianos cuando lo contaban, achacando esta historia a su delirio mental y su vejez. Y ahora me enfrentaba solo a sobrevivir una pesadilla hecha realidad.

Caminé entre los bancos de roble, rodeado de oscuras figuras de Vírgenes y Santos, se oía el golpeteo de mis deportivas en el suelo de mármol. Un leve susurro tras de mí me volvió a poner en tensión, girándome rápidamente: Nada, el pasillo vacío y solo mi propia sombra.

Mientras caminaba hacia el altar en busca del pequeño “refugio” del confesionario podía recordar la gorgoteante sangre que caía entre mis manos cuando llegué a casa y contemplé a mi madre en el sofá, cuando la zarandee para que despertase.

De golpe la Iglesia se sumió en la oscuridad: Me habían encontrado, apenas contaba con unos segundos para poder ocultarme de ellas y pasar desapercibido. Pero… ¿Por donde habrían entrado? Estaba confuso y solo.

Corrí hacia donde creía que estaba el confesionario y palpé la manivela de la puerta que abrí rápidamente y me encerré. Podía ver la Iglesia por las rendijas que la entrelazada madera tenía, mis ojos se acostumbraron a ese brusco cambio de luz.

Podía ver como las estatuas parecían cobrar vida y de aquellas inocentes y frías vírgenes de cuarzo descendían las damas de negro, sigilosas y arrastrando sus ropajes hasta que llegaron al confesionario.

Escuché sus pesadas respiraciones y sus guturales sonidos de satisfacción. Llamaron una vez a la puertecita, dos veces.

Silencio.

No hubo más llamadas. Demasiado tarde para arrepentirme de mi propio encerramiento…



Short-fic para la Universidad.

Y de paso aprovecho: ¡Feliz Halloween!

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